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Al hablar de paz, tan en boga hoy con el problema con Venezuela, podríamos comenzar por la pregunta de Perogrullo: ¿Qué es la paz? Ante lo cual nos encontramos con la poca agradable sorpresa de que existen más definiciones para la guerra que para la paz. En consecuencia, pudiéramos decir, lo que hiciera el general Prusiano Carlos de Clausewitz con referencia a la guerra, que la paz es la continuación de la política por otros medios.
Quienes nos consideramos como demócratas integrales jamás podemos admitir que para alcanzar los objetivos políticos se pueda hacer uso de cualquier medio. El presidente Hugo Chávez está utilizando todos los medios posibles para impactar en el mundo, de que Colombia quiere la guerra. Hasta la propia guerra x tiene sus principios y sus códigos de conducta que quienes los han violado han sido sometidos a juicios como el famoso de Nuremberg para los criminales nazistas. Erigir el secuestro, el terrorismo, las amenazas, las extorsiones y el boleteo como formas principales de lucha es poco menos que una aberración. Quienes sinceramente queremos el cambio y creemos en los métodos democráticos, sabemos que para que el cambio sea profundo y sólido debe hacerse con el concurso del pueblo; por ningún motivo, intentar sustituirlo, ni hacerlo al margen de él, ni mucho menos tratar de imponer dichos cambios a la fuerza; eso sería como intentar madurar las situaciones a golpes o regresar al despotismo ilustrado del siglo XVIII y su consigna ‘Todo para el pueblo, pero sin el pueblo’. La paz no puede parcelarse y no tiene sentido que una organización subversiva haga la paz en uno de sus frentes, mientras a otros les permita disparar. Lo menos que puede decirse es que es una inocentada. ¿Qué sentido tiene negociar con un frente fuera de ganar tiempo, con no se sabe qué propósito? La paz debe ser integral y deben estar todos los actores del conflicto en la disposición de hacerlo. Desde hace más de 45 años estamos intentando lograr esa paz, pero a la fecha no se ha logrado. Por un lado siempre han existido intereses mezquinos para lograr la paz anhelada. De igual manera, las heridas en nuestro país no cicatrizan, a pesar de que grandes líderes y dirigentes han tratado de dejar los odios y los rencores en la otra orilla. Por otro lado, los dirigentes de la guerrilla no han podido demostrar que tengan el mando suficiente sobre los frentes y, en consecuencia, su capacidad de negociación para suscribir la paz y garantizarla es muy precaria. Antes de iniciar el nuevo gobierno, en cabeza del presidente de los colombianos Juan Manuel Santos, hay que reiniciar unas posibles negociaciones para buscar que las guerrillas capitulen y se firme de una vez por todas la ansiada paz.
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